miércoles, 5 de diciembre de 2007

El gato sabía, no había canción perfecta para él. Cada vez que intentaba inventar una algo salía mal. Todo tenía un error, o era demasiado desafinada, o no tenía el sabor necesario para lograr llenarlo por completo.

- ¿Qué haces?- Le preguntó Esteban al verlo concentrado escribiendo en su cuaderno de historia.
- Escribo…. Algo… mm.. una canción
- ¿Una canción? ¡Qué wena! ¿Y tocai algún instrumento?
- Mmm… algo de guitarra, pero no tanto. Prefiero cantar.
- ¡Que bien! Yo también toco guitarra
- ¿En serio?
- ¡Sí! Es lo mejor.
- Sí, igual, a mí me gusta mucho componer canciones, es difícil, pero hago lo que puedo.
- Sirve de desahogo ¿cierto?
- Sí, es algo así como vomitar. - Le dijo sonriendo.- ¿Quieres ayudarme?
- ¡Bueno!

Y juntos comenzaron a crear una canción llena de sentimientos entrelazados. Eran capaces de continuar cada letra, cada palabra que el otro había pensado. Era sencillo, debían sentirse, conocerse, mirarse a los ojos y lograr escudriñar tras sus pupilas.
Alondra cerró los ojos y comenzó a tocar su batería. Cada vez con más fuerza. Todas las tensiones desaparecían incrustadas en los tambores. Ya no había necesidad llorar. El instrumento se lo entregaba todo. La capacidad de contar su propia historia golpe tras golpe, sonido tras sonido.

Las paredes difuminadas ya no existían, las ventanas se habían roto, el espejo ya no reflejaba nada, solo estaba ella, ella y su batería. Ella y el retumbar de su corazón.

La habitación se llenó de un remolino de colores. La chica pintaba un cuadro, un cuadro de sonidos, de distintas voces que gritaban, que cantaban, que se adherían a lo más profundo de su piel.
Te toco, te toco y resuenas como si las estrellas hubiesen bajado donde yo estoy. La vida se detiene ante tu voz, ante tus sonidos de virgen llorando por mí. ¿Qué tienes? Serán acaso tus dientes, ese blanco y negro que baja y se hunde en un baile infinito. O serán esos tonos, esos tonos y semitonos, ese subir y bajar entre tristeza y alegría. ¿Qué es? ¿Por qué todo cambia cuando comienzas a cantar? Cierro los ojos y sólo te escucho. Con tu canto todo se desvanece, las lágrimas, el silencio que amenaza con romper mis paredes, la lluvia que congela mi ventana. No, no calles, no quiero que calles, déjame tocarte por siempre.

- ¡Nadia, cállate, estoy tratando de ver la novela!.- Gritó su madre desde la pieza contigua. La chica apagó el teclado y se sentó en el suelo. Comenzó a sacar las pelusas de su alfombra como quien arranca pedazos de su propia vida. Había aprendido a tocar el piano a los ocho años, cuando su madre quería que su hija, imperfecta como era, tuviera una actividad que la alejara del televisor. Intentó con todo, natación, gimnasia, pintura, pero lo único que logró enamorarla de verdad fue el piano. Año tras año la chica perfeccionaba cada vez un poco más, el instrumento se había convertido en su único amigo. Aquel que recibía sus lágrimas y sus sonrisas.