miércoles, 5 de diciembre de 2007

Te toco, te toco y resuenas como si las estrellas hubiesen bajado donde yo estoy. La vida se detiene ante tu voz, ante tus sonidos de virgen llorando por mí. ¿Qué tienes? Serán acaso tus dientes, ese blanco y negro que baja y se hunde en un baile infinito. O serán esos tonos, esos tonos y semitonos, ese subir y bajar entre tristeza y alegría. ¿Qué es? ¿Por qué todo cambia cuando comienzas a cantar? Cierro los ojos y sólo te escucho. Con tu canto todo se desvanece, las lágrimas, el silencio que amenaza con romper mis paredes, la lluvia que congela mi ventana. No, no calles, no quiero que calles, déjame tocarte por siempre.

- ¡Nadia, cállate, estoy tratando de ver la novela!.- Gritó su madre desde la pieza contigua. La chica apagó el teclado y se sentó en el suelo. Comenzó a sacar las pelusas de su alfombra como quien arranca pedazos de su propia vida. Había aprendido a tocar el piano a los ocho años, cuando su madre quería que su hija, imperfecta como era, tuviera una actividad que la alejara del televisor. Intentó con todo, natación, gimnasia, pintura, pero lo único que logró enamorarla de verdad fue el piano. Año tras año la chica perfeccionaba cada vez un poco más, el instrumento se había convertido en su único amigo. Aquel que recibía sus lágrimas y sus sonrisas.

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