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El gato sabía, no había canción perfecta para él. Cada vez que intentaba inventar una algo salía mal. Todo tenía un error, o era demasiado desafinada, o no tenía el sabor necesario para lograr llenarlo por completo.- ¿Qué haces?- Le preguntó Esteban al verlo concentrado escribiendo en su cuaderno de historia.- Escribo…. Algo… mm.. una canción- ¿Una canción? ¡Qué wena! ¿Y tocai algún instrumento?- Mmm… algo de guitarra, pero no tanto. Prefiero cantar.- ¡Que bien! Yo también toco guitarra- ¿En serio?- ¡Sí! Es lo mejor.- Sí, igual, a mí me gusta mucho componer canciones, es difícil, pero hago lo que puedo.- Sirve de desahogo ¿cierto?- Sí, es algo así como vomitar. - Le dijo sonriendo.- ¿Quieres ayudarme?- ¡Bueno!Y juntos comenzaron a crear una canción llena de sentimientos entrelazados. Eran capaces de continuar cada letra, cada palabra que el otro había pensado. Era sencillo, debían sentirse, conocerse, mirarse a los ojos y lograr escudriñar tras sus pupilas.
Alondra cerró los ojos y comenzó a tocar su batería. Cada vez con más fuerza. Todas las tensiones desaparecían incrustadas en los tambores. Ya no había necesidad llorar. El instrumento se lo entregaba todo. La capacidad de contar su propia historia golpe tras golpe, sonido tras sonido. Las paredes difuminadas ya no existían, las ventanas se habían roto, el espejo ya no reflejaba nada, solo estaba ella, ella y su batería. Ella y el retumbar de su corazón. La habitación se llenó de un remolino de colores. La chica pintaba un cuadro, un cuadro de sonidos, de distintas voces que gritaban, que cantaban, que se adherían a lo más profundo de su piel.
Te toco, te toco y resuenas como si las estrellas hubiesen bajado donde yo estoy. La vida se detiene ante tu voz, ante tus sonidos de virgen llorando por mí. ¿Qué tienes? Serán acaso tus dientes, ese blanco y negro que baja y se hunde en un baile infinito. O serán esos tonos, esos tonos y semitonos, ese subir y bajar entre tristeza y alegría. ¿Qué es? ¿Por qué todo cambia cuando comienzas a cantar? Cierro los ojos y sólo te escucho. Con tu canto todo se desvanece, las lágrimas, el silencio que amenaza con romper mis paredes, la lluvia que congela mi ventana. No, no calles, no quiero que calles, déjame tocarte por siempre.
- ¡Nadia, cállate, estoy tratando de ver la novela!.- Gritó su madre desde la pieza contigua. La chica apagó el teclado y se sentó en el suelo. Comenzó a sacar las pelusas de su alfombra como quien arranca pedazos de su propia vida. Había aprendido a tocar el piano a los ocho años, cuando su madre quería que su hija, imperfecta como era, tuviera una actividad que la alejara del televisor. Intentó con todo, natación, gimnasia, pintura, pero lo único que logró enamorarla de verdad fue el piano. Año tras año la chica perfeccionaba cada vez un poco más, el instrumento se había convertido en su único amigo. Aquel que recibía sus lágrimas y sus sonrisas.
Esteban y el Gato se sentaron en una banca para poder observar a Alondra sin que Gabriel se diera cuenta. Esteban no sabía qué decir. No creyó que alguien lo haría sentirse tan nervioso como el Gato lo hacía. Quería acercarse cada vez más a él. Tomarle la mano. Se imaginó corriendo junto a él, empujándolo mientras él se columpiaba. "Eres tan idiota" Se dijo así mismo antes de volver a la realidad y observar a unas colegialas que fumaban sentadas en el pasto.- ¿Y te acostumbras acá?.- Le preguntó el Gato de pronto. Esteban sonrió, el chico le había hecho la misma pregunta el día anterior.- Sí. Yo creo..- Que bueno. Y que bueno que hallai llegado justo a nuestro colegio.Esteban lo observó confundido, el chico lo contemplaba con la tez casi tan roja como el cielo de ese día.- Sí, fue bueno.- Le dijo alegremente.A las nueve Esteban regresó a su casa. Alondra se había acercado a ellos feliz, Gabriel resultó ser tan educado en persona como lo era tras la pantalla. "Dijo que volvería el próximo viernes" les comentó.Se sentó sobre su cama y tomó su guitarra. Ya era hora de empezar una nueva canción. Se dijo a si mismo. Una nueva canción que no tuviera lágrimas incrustadas.
- El viernes voy a conocer al Gabo.- Le comentó la chica al Gato durante las clases de matemáticas.
- Pero…. ¿No será peligroso?
- No.. Si yo sé que es bueno.
- ¡Pero no lo conoces! ¿Y si es un pedófilo? ¿O una mujer? ¡¿O un androide?!
- Ay José, por favor…
- Puede ser posible.
- No, es bueno, lo sé… El chico la observó con incredulidad y le lanzó una pequeña sonrisilla a Esteban, quien los miraba confuso.
- ¿Quién es Gabo?- Les preguntó al final.
- Un viejo que chatea con la Alondra.
- No es viejo. Además… es quien me llevará a la fama,
- A la fama.. Sí oh, a la cama será mejor.
Alondra indignada se volteó y se quedó observando con detención los números de su cuaderno, mientras que los chicos reían a sus espaldas. La chica sabía que el Gato podía tener razón, pero le daba miedo admitirlo. Si lo hacía, podría llegar a perder la amistad que había cultivado durante todo ese tiempo. Ese viernes el clima parecía más tenso que de costumbre. Alondra no tenía paciencia para soportar las bromas que el Gato le hacía con relación a su cita desconocida. Y ya para el final de las clases, ambos muchachos no se emitían palabra alguna.
- ¿Esteban? - Le dijo la chica tímidamente cuando quedaban cinco minutos para salir.
- Yo sé que no hemos hablado mucho, pero.. ¿Me acompañarías?
- ¿Acompañarte? ¿Adónde?
- A ver al Gabo. No tienes que estar con nosotros. Sólo te sientas cerca nuestro. Por si acaso.
- Creí que no tenías miedo.
- Sí, no es eso, es que…
- No te preocupes, te entiendo. - Le dijo el chico con una sonrisa. Alondra lo observó alegre y lo abrazó fuertemente.
- Muchas gracias!
En la puerta del colegio un hombre se paseaba ansioso. Había esperado ese día desde el momento en que vio las fotos en Internet. Sabía que encontrar a alguien como ella era difícil y sin embargo, él lo había logrado. Cuando sonó el timbre la entrada se llenó de adolescentes que se alegraban de haber terminado una agotadora jornada. Gabriel observó con detención a las chicas que salían con sus faldas cortas. Quiso ser capaz de acercarse a ellas y abrazarlas. Rozar sus piernas con las de ellas. Y fue entonces cuando la vio. Parecía más pequeña de lo que mostraba en sus fotos. Su rostro estaba pálido, y tenía una mirada nerviosa.
Observó con detención a las personas, unas dos veces llegó a cruzar su mirada con la de Gabriel, pero no logró reconocerlo.
Alondra se recostó en su cama y cerró los ojos, mas no se quedó dormida. La primera vez que habló con Gabriel había sido unos días antes de entrar a clases. Cuando Febrero ya estaba por terminar. Él le había comentado lo linda que salía en una de las imágenes de su fotolog. Le dijo que era fotógrafo, y que sabía reconocer a una belleza en ascenso. Alondra lo agregó a sus contactos de inmediato. Desde pequeña había tenido la secreta ambición de salir en las portadas de una revista de moda. Si él era fotógrafo, quizás tendría el poder de acercarla al medio. Las conversaciones fueron haciéndose cada vez más cotidianas. Algunas noches la chica se quedaba hasta tarde conversando con aquel hombre que le prometía un futuro de rosas y diamantes. Era todo lo que ella necesitaba. Él le daba halagos y le ofrec
ía una vida de princesa. Alondra en cambio, solo debía retribuirle con su propia alma. A medida que los días pasaron la chica fue convirtiéndose en una adicta a las conversaciones con Gabo. Era él con quien podía descargar su furia contra lo que le molestase en algún momento. O disfrutar de sus propios logros comentándole lo feliz que era al tener alguien que la escuchase. Gabo sin embargo, parecía no tener una historia que contar. Se contentaba con leer las palabras de la chica. Pero cuando ella quería saber de su vida, él simplemente cambiaba de tema. El trato era ese. Ella hablaba, él la escuchaba. No había mayor ciencia que esa. Algunas veces sólo se entretenían enviándose guiños y fotos. Gabo adoraba las fotos de Alondra. Sin embargo, la chica nunca había visto una suya.
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| Sesión iniciada el: Miércoles, 21 de marzo, del 2007. |
| Participantes: |
| Cherry Temptations (Alondravhg@hotmail.com) |
| Thanathos (jpg@hotmail.com) |
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[22:06:23] Thanthos: Alondra!
[22:06:23] Thanathos: Al fin por aquí
[22:06:38] Cherry Temptations: Gabo!! Olah!
[22:06:47] Cherry Temptations: Còmo tas??
[22:06:53] Thanathos: Bien, aquí, extrañándote
[22:06:54] Cherry Temptations: xD
[22:06:55] Cherry Temptations: Tanto así?
[22:07:11] Thanathos: Obvio. No me gusta estar un día sin hablar contigo.
[22:07:34] Cherry Temptations: Ay ^^. Qe liindoh!
[22:10:45] Thanathos: jeje.. Muchas gracias, pero creo que soy feito.
[22:11:08] Cherry Temptations: xD
[22:11:10] Thanathos: ¿Sabes? Estuve pensando el otro día.
[22:11:19] Cherry Temptations: En qe??
[22:11:31] Thanathos: Voy a viajar a Valpo este fin de semana.
[22:11:47] Cherry Temptations: En serio? A què?
[22:11:54] Thanathos: A conocerte. Ya no aguanto más.
[22:11:56] Thanathos: Creo que nunca había conocido a alguien como tú.
[22:12:08] Thanathos: Eres muy especial.
[22:13:00] Cherry Temptations: Ay graciias..
[22:16:50] Cherry Temptations: pero tengo que estudiar este fds…
[22:17:07] Cherry Temptations: Tengo miles de prueas >.< [22:17:31] Cherry Temptations: Otro diia mejor ia?
[22:18:12] Thanathos: no puede ser otro día. Yo ya me hice el tiempo.
[22:18:22] Thanathos: ¿no quieres conocerme acaso?
[22:21:19] Cherry Temptations: nop, no es eso.. Es qe.. ay, no sè
[22:21:54] Thanathos: Te voy a pasar a buscar el viernes.
[22:22:13] Cherry Temptations: mmm.. ia dale.
[22:22:39] Cherry Temptations: oie, me tengo qe ir a dormir.
[22:27:31] Thanathos: Bueno. Esperaré ansioso el viernes.
[22:28:00] Cherry Temptations: ok. Chau!
[22:28:06] Thanathos: Chao mi niña linda.
[22:28:39] Cherry Temptations está ahora Sin conexión
Esteban observó la luna tras su ventana. Grande, blanca y lejana. Quiso alcanzarla, tocarla, volar con ella y lograr desaparecer. En la pieza contigua podía oír a sus padres gritar descontrolados. Golpeándose, insultándose, intentando matar cada uno de sus respiros y alientos.
El chico tomó su guitarra y comenzó a tocar. Fuerte, cada vez más fuerte. Creyó que las cuerdas terminarían partiéndose, que sus dedos comenzarían a sangrar, que el sonido llegaría a la casa de los vecinos. Creyó cualquier cosa porque en el fondo quería que eso sucediera. Quería tocar tan fuerte hasta sentir que moría. En su habitación no había más ruido que las melodías que salían de su guitarra. Esa música que revoloteaba por todas partes, que se adhería al cubrecama, a los libros, al suelo. Era una canción sin sentido ni acordes, una canción destinada a borrar todo atisbo de tristeza.
Cerró los ojos y recordó aquellos días doce años atrás, cuando su mayor deber era aprender a leer y escribir, cuando lo más traumático que había vivido había sido entrar al colegio por primera vez. Seis años, tan solo tenía seis años, y ahora, cuánto daría por volver a tenerlos otra vez. Por volver a jugar, a reír, a ser feliz, realmente feliz.
Quería ser querido otra vez, quería llorar otra vez, quería volver a mirar a su padre y en sus ojos encontrar a ese héroe que siempre había creído ver. Intentó recordar aquella época pero cada vez se iba haciendo más nebulosa.
De repente le llegaban unas imágenes difusas más parecidas al extracto de un sueño. Imágenes de una familia feliz, humilde tal vez, pero al menos feliz. Recordaba el cumpleaños de su abuelo paterno, cuando toda la familia estuvo reunida por primera y última vez. Sus primos se burlaron de él durante todo el día porque no había sido capaz de dominar una pelota. Recordaba a Rex, un perro quiltro que siempre se llenaba de garrapatas y que ese mismo día había terminado reventado por un auto y con las tripas esparcidas por toda la calle. Esteban había intentado no soltar lágrima alguna porque sabía que los demás se burlarían de él por hacerlo, sin embargo no pudo contenerse cuando su padre se acercó y le recordó que los niños también lloran. - ¿Por qué tuviste que cambiar tanto papá?.- Se preguntó. Poco a poco llegó gritando y retumbando el recuerdo de aquel día, un recuerdo que gemía con violencia y que amenazaba con no dejar jamás su memoria.Había sido lunes, el primer lunes de Julio, cuando él solo tenía nueve años. Ese invierno había caído más fuerte y frío que nunca. La lluvia repicaba con fiereza sobre los techos de las casas. El río
crecía y se llevaba viviendas enteras, el hielo entraba en lo más profundo de los huesos y se quedaba habitándolos por días completos. La nieve blanca caía con su dulce gracia de manantial sobre los altos y escarpados cerros y dejaba con ella un aliento álgido e inquebrantable. Muchos la odiaban y esperaban con afán su partida, a Esteban sin embargo, le encantaba. Podía pasar horas postrado en medio de la calle dejando que las gotas chocasen con su cara y cayeran por su rostro como pequeñas lágrimas, mas ese día, las únicas lágrimas que cayeron por sus ojos eran las que caían desde el fondo de su alma. Esteban no tenía muy claro lo que había ocurrido esa tarde, su madre gritaba descontrolada, mientras su padre juntaba las ropas de todos y las guardaba en distintas maletas. - Nos vamos.- Le había dicho al chico, mientras intentaba limpiar la sangre de su camisa. Los años siguientes fueron un recorrido de ciudades y nuevos colegios y Esteban ni siquiera pudo entender por qué. Siete años más tarde las cosas pudieron esclarecerse pero ya todo había cambiado demasiado. Durante muchos días, durante muchos años, Esteban intentó imaginar cómo habría sido su vida si las cosas hubiesen sido distintas. Si su padre nunca hubiese hecho lo que hizo, si su madre no hubiese conocido a Raimundo, si él hubiese sido más valiente. - No quiero sufrir más.- Pensó el chico.
Siento un vacío en mi pecho, un vacío que me ahoga y no me deja descansar. Me siento caer en este agujero negro, caer tanto que no alcanzo siquiera a tocar el piso. Abro mis ojos, mi habitación permanece en penumbras. En casa todos duermen. Todos menos yo. Miro el techo y siento cómo me desvanezco y me hundo entre las sábanas. Solo quiero desaparecer en el colchón. De pronto veo una silueta parada en mi puerta. La veo acercarse y hacerse visible. Ese rostro que ocultaba mil lágrimas, esos ojos, esos ojos que eran capaces de contarte un cuento sin siquiera emitir sonido alguno. Esteban se acerca a mí en silencio. ¿Qué es lo que tienes que me haces sentir así? Le murmuro. El no me responde, me mira sonriente y se desvanece. Creo que me dormí pensando en tu reflejo. Creo que tus párpados se pegaron a los míos. Siento unas lágrimas caer por mi rostro. Ilusa. Él ni siquiera te conoce. ¿ Cómo pretendes que llegue a ti y te bese?. Ilusa. Él no te quiere. ¿Cuándo entenderás que estas destinada a morir sola? Enciendo la luz y busco la máquina de afeitar. La aprieto con fuerza contra mi brazo y la deslizo sobre mi piel. Un leve ardor me hace cerrar los ojos. Al abrirlos veo la sangre salir a borbotones. Tibia, roja, suave. Me limpio con el cubrecama y vuelvo a hacer otro corte esta vez más profundo. Una excitación distinta me llena el alma. Me siento al fin libre, al fin viva. Vuelvo a cerrar mis ojos y me siento caer en una laguna de sangre. Nadar en ella sonriente hasta cansarme. Poco a poco logro al fin quedarme dormida.
Esteban observó sus zapatos que brillaban lustrosos ante el sol. Estaba más nervioso que de costumbre, no sólo tendría que pasar por el proceso de “socialización” que todo niño nuevo estaba destinado a enfrentar, sino que también debía intentar encajar en un lugar totalmente distinto a todo lo que conocía. Se detuvo frente a la manilla por largos segundos. Titubeando entre entrar o salir corriendo. A su lado, un hombre de cotona azul barría el polvo del patio mientras lo observaba con detención.
- ¿Vas a entrar o no?- Le preguntó con una sonrisa en su cara.- Sí.- Le contestó Esteban desafiante.
Tres golpes fue lo que necesitó para llamar la atención de todos dentro de la sala. La puerta se abrió en seco y se encontró cara a cara con su profesora. Era una mujer alta y delgada con su cabellera llena de rizos.-Tú debes ser el alumno nuevo.
El chico asintió y entró. Se dio cuenta que los cuarenta alumnos tenían sus miradas clavadas en él y lo contemplaban con curiosidad, Esteban no podía dejar de pensar en lo mucho que le gustaría ser invisible.
- Bueno preséntate. Aquí todos están ansiosos por saber de ti.
Observó la sala. Estaba cuidadosamente limpia, sintió cómo sus manos se llenaban de un inusual sudor. Quiso salir corriendo o empezar a gritar todo lo que odiaba estar en ese lugar. -
Me llamo Esteban.- Dijo.- y vengo de Punta Arenas.
- Muy bien.. Puedes sentarte. Allí hay un puesto libre.-
Le dijo la profesora indicando un pupitre junto a un chico de ojos verdes.
- José Ignacio quiero que tú lo ayudes a ponerse al día. - Bueno.- Dijo el chico esbozando una sonrisa. Confundido, Esteban sintió su rostro ruborizado. Los ojos del muchacho a su lado titilaban radiantes, “¿Qué cresta?, Para de pensar en eso” Se dijo a sí mismo con rabia e intentando fijar su mirada en una de sus compañeras que lo observaba con curiosidad.
- ¿Y como te llamai? - Esteban… Rodríguez.
- Bueno, mucho gusto.- Le dijo dándole la mano, produciendo en Esteban una corriente que recorría su cuerpo como agua fría. - Yo soy José Ignacio pero dime gato, yo no elegí el nombre, - Agregó al ver la cara de confusión de Esteban.- fue ella, pero… ya me acostumbre.- Dijo indicando a quien estaba sentada frente a ellos, era una chica pecosa de cabello rojo, la misma que Esteban había observado segundos atrás.
- Me llamo Alondra. – Dijo alegremente.
- ¿Alondra? Que lindo nombre
- Gracias… aunque yo lo odio.
- ¿Por qué?
- Trata llamarte como un pájaro..
- Yo lo encuentro original.
- Ay, que lindo tú.- Le respondió la chica con una gran sonrisa.
Odio las noches frías que te envuelven en abrazos llenos de espinas. Odio mantenerme despierta por largas horas y que mi cabeza se llene de pensamientos horrorosos. Me duele la cabeza por tantos días sin dormir. Me duele el brazo de tantos cortes transversales, diagonales y horizontales. Me duele el alma de tanta pena atravesada en la garganta. Quiero vaciar mi mente y quedarme dormida por siempre. Quiero que me internen y me llenen de agujas por todos lados. Quiero salir a la calle y que un borracho me viole hasta cansarse, quiero que me golpeen, que me asalten, que me maten. Quiero sufrir por dios santo. Quiero sentir. Quiero cualquier cosa, pero por favor, quiero salir de este sentimiento de inercia que me agota hasta la médula. Puedo asegurarlo. Mi vida es una puta mierda. Vivo rodeada de mierda y moriré enterrada bajo mierda. El despertador resonó por su habitación. Nadia se levantó pesadamente. Otro día más que debía enfrentar con el sueño pegado en los párpados. Se puso el uniforme y observó su reflejo en el espejo. Odiaba cada partícula de su piel blanca casi grisácea, odiaba sus ojos enrojecidos e hinchados por el llanto, odiaba su cabello negro y espeso, odiaba todo lo que la conformaba y rodeaba. Todo lo que era y representaba.
Llevaba una semana sin bañarse, y tampoco tenía planeado hacerlo. Había dejado de preocuparse por su aspecto físico cuando se dio cuenta que de cualquier forma, sucia o limpia, seguiría siendo invisible para los ojos de sus compañeros.
- ¡Ándate o vas a llegar atrasada! - Le gritó su mamá desde la cocina.
Se levantó, se puso los parlantes del pendrive en las orejas y salió de su casa. Annie Lennox cantaba sobre la soledad. Se perdió en su voz, quiso poder encontrar ella también un lugar donde encajar. Miró su reloj, eran las ocho quince.
Cuando llegó a la sala la profesora ya estaba sentada pasando la lista. Eso, búrlense, mírenme, tengo el pelo sucio, sí, ya lo sé, y miren, tengo las pantys rotas, ríanse, no me importa. Al sentarse observó a sus compañeros, nadie la miraba. Ni siquiera se habían percatado de su atraso. Idiotas. ¿Cuándo muera, al menos lo notaran?
De pronto un golpe detuvo la clase. Al abrir entró un chico. Delgado, casi tan delgado como un retoño obligado a enfrentar el mundo por sí solo. - Tú debes ser el alumno nuevo. Él asiente y observa a sus compañeros, la sala, como un espejo, se refleja en sus enormes ojos negros. Me pregunto quién eres. ¿Quieres saber quién soy yo? Anda, pregúntame. Sé que eres diferente a esa manada de lobos que te observa hambrienta. Cuidado, no
te acerques a ellos demasiado. Pueden herirte. No, no quiero que sufras, ven, mejor acércate. Yo estoy aquí esperándote. ¿Cómo dijiste que te llamabas? ¿Esteban? Que bonito nombre. Yo me llamo Nadia. ¿Te gusta? Si quieres puedo repetirlo. Anda. Ven, repíteme el tuyo. Quiero oírlo de tus labios. Aquí. Siéntate junto a mí. Que lindos ojos tienes. Han llorado ¿cierto? Sí, puedo verlo. Sé reconocer esas miradas. Mira yo también he llorado. Te entiendo. Sé porque brillan así, pero no temas. Verás que todo será diferente. Yo te ayudo. Puedo mostrarte un camino para volver a empezar. Pero necesito que me ayudes a encontrarlo. ¿Quieres ir en su búsqueda? Habrá espinas. Pero no te preocupes. Llevaré vendas conmigo y si quieres un poco de agua. Puedo calmar tu sed. ¿Y por qué dijiste que habías llegado a Valparaíso? Sé que ocultas algo. Anda, dime qué es. Si quieres te llevo a conocer el puerto. No salgo mucho de casa, pero por ti haría la excepción. ¿Has visto la puesta de sol desde el paseo Yugoslavo? No. Espera. ¿Dónde vas? No te sientes ahí. Yo tenía un espacio guardado sólo para ti.