Alondra cerró los ojos y comenzó a tocar su batería. Cada vez con más fuerza. Todas las tensiones desaparecían incrustadas en los tambores. Ya no había necesidad llorar. El instrumento se lo entregaba todo. La capacidad de contar su propia historia golpe tras golpe, sonido tras sonido.Las paredes difuminadas ya no existían, las ventanas se habían roto, el espejo ya no reflejaba nada, solo estaba ella, ella y su batería. Ella y el retumbar de su corazón.
La habitación se llenó de un remolino de colores. La chica pintaba un cuadro, un cuadro de sonidos, de distintas voces que gritaban, que cantaban, que se adherían a lo más profundo de su piel.
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