domingo, 18 de noviembre de 2007

Odio las noches frías que te envuelven en abrazos llenos de espinas. Odio mantenerme despierta por largas horas y que mi cabeza se llene de pensamientos horrorosos. Me duele la cabeza por tantos días sin dormir. Me duele el brazo de tantos cortes transversales, diagonales y horizontales. Me duele el alma de tanta pena atravesada en la garganta. Quiero vaciar mi mente y quedarme dormida por siempre. Quiero que me internen y me llenen de agujas por todos lados. Quiero salir a la calle y que un borracho me viole hasta cansarse, quiero que me golpeen, que me asalten, que me maten. Quiero sufrir por dios santo. Quiero sentir. Quiero cualquier cosa, pero por favor, quiero salir de este sentimiento de inercia que me agota hasta la médula. Puedo asegurarlo. Mi vida es una puta mierda. Vivo rodeada de mierda y moriré enterrada bajo mierda.

El despertador resonó por su habitación. Nadia se levantó pesadamente. Otro día más que debía enfrentar con el sueño pegado en los párpados. Se puso el uniforme y observó su reflejo en el espejo. Odiaba cada partícula de su piel blanca casi grisácea, odiaba sus ojos enrojecidos e hinchados por el llanto, odiaba su cabello negro y espeso, odiaba todo lo que la conformaba y rodeaba. Todo lo que era y representaba.

Llevaba una semana sin bañarse, y tampoco tenía planeado hacerlo. Había dejado de preocuparse por su aspecto físico cuando se dio cuenta que de cualquier forma, sucia o limpia, seguiría siendo invisible para los ojos de sus compañeros.
- ¡Ándate o vas a llegar atrasada! - Le gritó su mamá desde la cocina.
Se levantó, se puso los parlantes del pendrive en las orejas y salió de su casa. Annie Lennox cantaba sobre la soledad. Se perdió en su voz, quiso poder encontrar ella también un lugar donde encajar.
Miró su reloj, eran las ocho quince.

Cuando llegó a la sala la profesora ya estaba sentada pasando la lista. Eso, búrlense, mírenme, tengo el pelo sucio, sí, ya lo sé, y miren, tengo las pantys rotas, ríanse, no me importa. Al sentarse observó a sus compañeros, nadie la miraba. Ni siquiera se habían percatado de su atraso. Idiotas. ¿Cuándo muera, al menos lo notaran?

De pronto un golpe detuvo la clase. Al abrir entró un chico. Delgado, casi tan delgado como un retoño obligado a enfrentar el mundo por sí solo. - Tú debes ser el alumno nuevo. Él asiente y observa a sus compañeros, la sala, como un espejo, se refleja en sus enormes ojos negros.

Me pregunto quién eres. ¿Quieres saber quién soy yo? Anda, pregúntame. Sé que eres diferente a esa manada de lobos que te observa hambrienta. Cuidado, no te acerques a ellos demasiado. Pueden herirte. No, no quiero que sufras, ven, mejor acércate. Yo estoy aquí esperándote. ¿Cómo dijiste que te llamabas? ¿Esteban? Que bonito nombre. Yo me llamo Nadia. ¿Te gusta? Si quieres puedo repetirlo. Anda. Ven, repíteme el tuyo. Quiero oírlo de tus labios. Aquí. Siéntate junto a mí. Que lindos ojos tienes. Han llorado ¿cierto? Sí, puedo verlo. Sé reconocer esas miradas. Mira yo también he llorado. Te entiendo. Sé porque brillan así, pero no temas. Verás que todo será diferente. Yo te ayudo. Puedo mostrarte un camino para volver a empezar. Pero necesito que me ayudes a encontrarlo. ¿Quieres ir en su búsqueda? Habrá espinas. Pero no te preocupes. Llevaré vendas conmigo y si quieres un poco de agua. Puedo calmar tu sed. ¿Y por qué dijiste que habías llegado a Valparaíso? Sé que ocultas algo. Anda, dime qué es. Si quieres te llevo a conocer el puerto. No salgo mucho de casa, pero por ti haría la excepción. ¿Has visto la puesta de sol desde el paseo Yugoslavo? No. Espera. ¿Dónde vas? No te sientes ahí. Yo tenía un espacio guardado sólo para ti.

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